Asociación Serranía de Guadalajara

Vive la Sierra 2022 – Nota Asamblea Asociación

🌺 El sábado 19 de febrero se celebró la Asamblea General de nuestra Asociación Serranía de Guadalajara en el Centro de Interpretación de la Plata del pueblo de Hiendelaencina.

📄 A la misma fueron gran cantidad de socias y socios los cuales pudieron hacer balance y aprobación de cuentas y presupuestos, asistir a la creación de la nueva Junta Directiva y a la proposición de nuevos proyectos y actividades.

✔️ Empezando por la Junta Directiva, queremos destacar y hacer honor al trabajo realizado por el hasta ese momento Presidente de la misma, Octavio Mínguez ‘Tavi’, quien durante muchos años ha sido la punta de lanza de este Asociación. Gracias de corazón.

🖋️ La nueva Junta Directiva la componen los siguientes miembros. Mucha suerte a todos, seguro que lo vais a hacer fenomenal:

Presidente: Javier Colomo (Hiendelaencina)
Vicepresidente: José María Alonso (Valverde de los Arroyos)
Secretaria: Verónica Viejo (Majaelrayo)
Tesorero: José Miguel Llorente (Hiendelaencina)

📆 Entre las actividades para este año 2022, las cuales iremos informando con más detalle según se vayan acercando, caben destacar las siguientes:

‘Ruta de la Jara’ entre Villares y Hiendelaencina.
‘Día de la Sierra’ en Cantalojas.
‘Exposición Fotográfica Iniciativas Culturales y Deportivas Serranas’.
‘Actividades Extraescolares de la Sierra’.
‘Recuperación de Caminos Tradicionales’.
Presentación de Mapas Artesanos de Toponimia Local de pueblos de la Sierra.
Presentación del libro ‘Serranía de Guadalajara – Despoblados, Expropiados, Abandonados’.

💜 Vive la Sierra 2022

Las voces del silencio se escucharon en Azuqueca

La Casa de Cultura de Azuqueca acogió el pasado día 23 de Febrero el acto que organizó la Asociación Serranía de Guadalajara en colaboración con el propio ayuntamiento, la editorial Aache, la Asociación de Hijos y Amigos de Alcorlo y la Diputación de Guadalajara. Se cerraba el ciclo de presentaciones que se han venido realizando con motivo de la publicación del libro “Serranía de Guadalajara, despoblados, expropiados, abandonados” y del documental que lo acompaña “Los pueblos del silencio”. El acto contó con un selecto ramillete de participante a él asistió un nutrido grupo de espectadores, entregados y sensibilizados por el problema de la despoblación que afecta y sigue amenazando a nuestra Sierra.

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Memoria viva de 20 pueblos en Silencio, por Tomás Gismera

Tomás Gismera Velasco

Desde las altas cumbres del Ocejón o del Alto Rey no se escucha el silencio de los pueblos que lamen sus faldas. Desde las altas cumbres de la Serranía de Guadalajara sopla el viento de los recuerdos que mece el horizonte y vapulea, como él sólo lo sabe hacer, los matojos ralos que crecen en esas alturas a las que únicamente se llegó a rogar, a estar cerca de ese universo celestial del que todo se espera, porque nadie queda a quien recurrir.

Fue lo que sucedió con esa veintena de poblaciones que han pasado a formar parte de la memoria viva de un libro que, por estos días veraniegos, como el trigal que ofrece el fruto de todo un año de esperanza, recorre la era y da la vuelta a la parva de pueblos que pueden todavía presumir de algarabía. Algarabía en las voces de sus plazas; al rumor del pretil de sus fuentes; de sus alamedas, o a la puerta de sus iglesias. Algarabía de mozos, niños y gentes de edad, que los han visto crecer y los ven apagarse poco a poco.

Los pueblos del silencio

El libro, que recoge la memoria de esos pueblos en los que las voces mundanas pasaron al archivo de la memoria, ha sido editado por la Asociación Serranía de Guadalajara, y es distribuido por la propia Asociación y por la editorial AAche, de Guadalajara.

Una Asociación, Serranía, que desde su nacimiento ha velado por el mantenimiento de las costumbres, las tradiciones, la historia o el arte de los pueblos serranos. No es la primera vez que saca a la luz una memoria de nuestra tierra, ya lo hizo anteriormente con «El Ocejón y sus juegos populares«; el «Vocabulario Popular Serrano«, o los recopilatorios de la arquitectura popular o histórica en riesgo de ruina, o en ruina ya, el «Libro rojo del patrimonio«. Porque es necesario mantener la memoria de lo nuestro. Porque es necesario recordar, y no olvidar.

Hoy son los pueblos. Un ramillete de ellos: «Despoblados, expropiados, abandonados«. Son tan sólo veinte poblaciones que pasaron al recuerdo. Podían haber sido muchas más. Indudablemente no se trataba de editar una enciclopedia, sino de hacer una llamada de atención. Es indudable que el reto se ha conseguido pues, a lo largo de estos días de verano, el público acude a unas cuantas de estas plazas mayores en las que todavía se siente algo de algarabía, para conocer la obra.

La impresionante historia de esa veintena de pueblos en silencio se acompaña de un documental, tan impresionante o más que el propio libro. Porque el papel, las líneas que sobre el papel se escriben, hay que leerlas, o mirar sus imágenes para entender lo sucedido. El documental sacude el ánimo. Encoge el espíritu. Enturbia la mirada al observar la casa en ruinas, las iglesias arrumbadas bajo el peso de un tejado desplomado, el lavadero raído por el zarzal o los caminos borrados por el matojo que todo lo roe.

Veinte pueblos en silencio: Alcorlo, El Atance, Bujalcayado, Las Cabezadas, Fraguas, La Iruela, Jócar, Matallana, Matas, Querencia, Robredarcas, Romerosa, Sacedoncillo, Santotís, Tobes, Umbralejo, El Vado, La Vereda, La Vihuela y Villacadima.

Memoria de quienes fueron

El libro, más que la memoria de quienes fueron sus últimos habitantes, los últimos corazones que latieron en aquellas tierras y les dieron vida, recoge la historia y aliento de lo que fueron. Deja reseña de que, a pesar de que al día de hoy, en la mayoría de los casos, no llegue a ellos una carretera, están ahí. Fueron y seguirán siendo.

En algún lugar de España, y fuera de ella, alguien recordará que sus padres, abuelos o antecesores, nacieron en un pequeño pueblecito de ese rincón serrano que se arrima a Castilla por la parte norte de Guadalajara. A esa Castilla que tantas cosas tiene por contar y cuenta. También de despoblación. Porque a todos gusta conocer sus orígenes. A todos gusta conocer cuál fue el solar patrio de su sangre. Y esto es lo que ofrece el libro. Lo que pone, por encima de todo, a disposición del lector. A mano de quienes no han llegado a conocer la tierra de los suyos. Pone en la mano de quienes no lo conocieron, una obra necesaria.

El libro también cuenta el por qué, y el cómo, de que esos pueblos hayan quedado, al día de hoy, en silencio. Cuenta el cómo algunas autoridades, locales o nacionales, no se ocuparon de que les llegase una carretera; o una señal de luz eléctrica, o de teléfono; o una conducción de agua. Y sus gentes tuvieron que buscarse la vida en otros lugares.

O cómo, por intereses políticos o económicos, alguien decidió que tal o cual pueblo había de quedar bajo las aguas de una presa o de un embalse, para generar riqueza en otras partes mientras los vecinos de estos tenían obligadamente que iniciar su éxodo, como si de una plaga bíblica se tratase.

El dolor de la memoria

Hoy, para desgracia del futuro, ya estamos acostumbrados a ver una gran parte de nuestros pueblos con las puertas cerradas de sus casas y las calles en silencio. Cada día son y serán más, mal que nos pese y duela. El animal humano a cuya raza pertenecemos busca la comodidad, la compañía, el bienestar.

Muchos de nuestros pueblos, por esta parte de la Guadalajara que nos arrima a la milenaria Castilla, historia de nuestra historia, se despueblan. Sí, por estos días de verano en todos los pueblos hay gente. Pero en unos días llegará el silencio. El dolor del silencio. A pesar de que en la mayoría de ellos casi que ya se disfruta de las mismas mejoras y adelantos que disfrutan los capitalinos. Por aquí quedará el dolor de la memoria.

Quienes dejaron aquellos pueblos que hoy son ruina los echó la falta de todo ello. La falta de una carretera, de un trabajo, de unas condiciones dignas para continuar anclados a la tierra que los vio nacer. Y nada hay más triste que admitir la derrota, salir de la tierra propia, echarse al camino y jugarse, como quien se juega la cosecha al devenir de las nubes, la suerte al futuro. Llevándose la tierra cosida a las entrañas.

Este humilde relator, que participa, como otros tantos autores, de la obra, sintió el silencio penetrante y doloroso a las puertas de la iglesia de Villacadima en el verano de 1982. No era el silencio de la cumbre; ni el silencio del monte o del campo. Se trataba del silencio ruidoso de los cientos de vidas que pasaron por las calles y la iglesia de un pueblo entonces recién abandonado a su incierto destino. Como tantos.

También contiene el libro imágenes de esas que golpean los sentidos. Quizá, sobre todas, destaquen esas que muestran los últimos momentos de la vida familiar en el pueblo. El duro momento de la partida. El baúl con las prendas de vestir y el ajuar que nunca se usó, metido en el serón del borriquillo; el colchón de lana a los lomos, sobre la carga. La cabeza gacha de quien tira del ronzal; los pasos silenciosos de quienes lo siguen. La vida entera despidiéndose de una aldea que queda atrás, tras el sendero sinuoso y encrestado por unas montañas que lo dieron todo, y en las que todo quedó.

De algún lugar de su memoria sacó unas líneas un hombre que mucho escribió también de esas cosas que andan a camino entre lo presente y lo pasado. Recuerdo las que me dejó el amigo que se fue, José Ramón López de los Mozos: Pasa la calle, que es la Calle Real, y lo que fuera antaño la posada, con sus esquinas de piedra tallada, es hoy una tristeza derrumabada. No se escucha hoy el llanto lacrimógeno del pequeño infante de cuatro a seis meses que heredará estas miserables tierras, esta casa hundida, y se llevará por delante siglos de consejas e historias contadas al amor de la lumbre, en el «sogato». Aquello ya pasó. Yo lo siento (para mí, desgraciadamente). Hoy, lo comprendo, el mundo ha cambiado y con él nosotros, pero nadie puede quitarme de la memoria aquellos días tan felices

Eso es. El mundo ha cambiado. Pero nadie nos quitará la memoria. Una memoria que se ha detenido en un libro imprescindible.

Tomás Gismera, 1982, en las ruinas de la iglesia de Villacadima