Asociación Serranía de Guadalajara

Memoria viva de 20 pueblos en Silencio, por Tomás Gismera

Tomás Gismera Velasco

Desde las altas cumbres del Ocejón o del Alto Rey no se escucha el silencio de los pueblos que lamen sus faldas. Desde las altas cumbres de la Serranía de Guadalajara sopla el viento de los recuerdos que mece el horizonte y vapulea, como él sólo lo sabe hacer, los matojos ralos que crecen en esas alturas a las que únicamente se llegó a rogar, a estar cerca de ese universo celestial del que todo se espera, porque nadie queda a quien recurrir.

Fue lo que sucedió con esa veintena de poblaciones que han pasado a formar parte de la memoria viva de un libro que, por estos días veraniegos, como el trigal que ofrece el fruto de todo un año de esperanza, recorre la era y da la vuelta a la parva de pueblos que pueden todavía presumir de algarabía. Algarabía en las voces de sus plazas; al rumor del pretil de sus fuentes; de sus alamedas, o a la puerta de sus iglesias. Algarabía de mozos, niños y gentes de edad, que los han visto crecer y los ven apagarse poco a poco.

Los pueblos del silencio

El libro, que recoge la memoria de esos pueblos en los que las voces mundanas pasaron al archivo de la memoria, ha sido editado por la Asociación Serranía de Guadalajara, y es distribuido por la propia Asociación y por la editorial AAche, de Guadalajara.

Una Asociación, Serranía, que desde su nacimiento ha velado por el mantenimiento de las costumbres, las tradiciones, la historia o el arte de los pueblos serranos. No es la primera vez que saca a la luz una memoria de nuestra tierra, ya lo hizo anteriormente con «El Ocejón y sus juegos populares«; el «Vocabulario Popular Serrano«, o los recopilatorios de la arquitectura popular o histórica en riesgo de ruina, o en ruina ya, el «Libro rojo del patrimonio«. Porque es necesario mantener la memoria de lo nuestro. Porque es necesario recordar, y no olvidar.

Hoy son los pueblos. Un ramillete de ellos: «Despoblados, expropiados, abandonados«. Son tan sólo veinte poblaciones que pasaron al recuerdo. Podían haber sido muchas más. Indudablemente no se trataba de editar una enciclopedia, sino de hacer una llamada de atención. Es indudable que el reto se ha conseguido pues, a lo largo de estos días de verano, el público acude a unas cuantas de estas plazas mayores en las que todavía se siente algo de algarabía, para conocer la obra.

La impresionante historia de esa veintena de pueblos en silencio se acompaña de un documental, tan impresionante o más que el propio libro. Porque el papel, las líneas que sobre el papel se escriben, hay que leerlas, o mirar sus imágenes para entender lo sucedido. El documental sacude el ánimo. Encoge el espíritu. Enturbia la mirada al observar la casa en ruinas, las iglesias arrumbadas bajo el peso de un tejado desplomado, el lavadero raído por el zarzal o los caminos borrados por el matojo que todo lo roe.

Veinte pueblos en silencio: Alcorlo, El Atance, Bujalcayado, Las Cabezadas, Fraguas, La Iruela, Jócar, Matallana, Matas, Querencia, Robredarcas, Romerosa, Sacedoncillo, Santotís, Tobes, Umbralejo, El Vado, La Vereda, La Vihuela y Villacadima.

Memoria de quienes fueron

El libro, más que la memoria de quienes fueron sus últimos habitantes, los últimos corazones que latieron en aquellas tierras y les dieron vida, recoge la historia y aliento de lo que fueron. Deja reseña de que, a pesar de que al día de hoy, en la mayoría de los casos, no llegue a ellos una carretera, están ahí. Fueron y seguirán siendo.

En algún lugar de España, y fuera de ella, alguien recordará que sus padres, abuelos o antecesores, nacieron en un pequeño pueblecito de ese rincón serrano que se arrima a Castilla por la parte norte de Guadalajara. A esa Castilla que tantas cosas tiene por contar y cuenta. También de despoblación. Porque a todos gusta conocer sus orígenes. A todos gusta conocer cuál fue el solar patrio de su sangre. Y esto es lo que ofrece el libro. Lo que pone, por encima de todo, a disposición del lector. A mano de quienes no han llegado a conocer la tierra de los suyos. Pone en la mano de quienes no lo conocieron, una obra necesaria.

El libro también cuenta el por qué, y el cómo, de que esos pueblos hayan quedado, al día de hoy, en silencio. Cuenta el cómo algunas autoridades, locales o nacionales, no se ocuparon de que les llegase una carretera; o una señal de luz eléctrica, o de teléfono; o una conducción de agua. Y sus gentes tuvieron que buscarse la vida en otros lugares.

O cómo, por intereses políticos o económicos, alguien decidió que tal o cual pueblo había de quedar bajo las aguas de una presa o de un embalse, para generar riqueza en otras partes mientras los vecinos de estos tenían obligadamente que iniciar su éxodo, como si de una plaga bíblica se tratase.

El dolor de la memoria

Hoy, para desgracia del futuro, ya estamos acostumbrados a ver una gran parte de nuestros pueblos con las puertas cerradas de sus casas y las calles en silencio. Cada día son y serán más, mal que nos pese y duela. El animal humano a cuya raza pertenecemos busca la comodidad, la compañía, el bienestar.

Muchos de nuestros pueblos, por esta parte de la Guadalajara que nos arrima a la milenaria Castilla, historia de nuestra historia, se despueblan. Sí, por estos días de verano en todos los pueblos hay gente. Pero en unos días llegará el silencio. El dolor del silencio. A pesar de que en la mayoría de ellos casi que ya se disfruta de las mismas mejoras y adelantos que disfrutan los capitalinos. Por aquí quedará el dolor de la memoria.

Quienes dejaron aquellos pueblos que hoy son ruina los echó la falta de todo ello. La falta de una carretera, de un trabajo, de unas condiciones dignas para continuar anclados a la tierra que los vio nacer. Y nada hay más triste que admitir la derrota, salir de la tierra propia, echarse al camino y jugarse, como quien se juega la cosecha al devenir de las nubes, la suerte al futuro. Llevándose la tierra cosida a las entrañas.

Este humilde relator, que participa, como otros tantos autores, de la obra, sintió el silencio penetrante y doloroso a las puertas de la iglesia de Villacadima en el verano de 1982. No era el silencio de la cumbre; ni el silencio del monte o del campo. Se trataba del silencio ruidoso de los cientos de vidas que pasaron por las calles y la iglesia de un pueblo entonces recién abandonado a su incierto destino. Como tantos.

También contiene el libro imágenes de esas que golpean los sentidos. Quizá, sobre todas, destaquen esas que muestran los últimos momentos de la vida familiar en el pueblo. El duro momento de la partida. El baúl con las prendas de vestir y el ajuar que nunca se usó, metido en el serón del borriquillo; el colchón de lana a los lomos, sobre la carga. La cabeza gacha de quien tira del ronzal; los pasos silenciosos de quienes lo siguen. La vida entera despidiéndose de una aldea que queda atrás, tras el sendero sinuoso y encrestado por unas montañas que lo dieron todo, y en las que todo quedó.

De algún lugar de su memoria sacó unas líneas un hombre que mucho escribió también de esas cosas que andan a camino entre lo presente y lo pasado. Recuerdo las que me dejó el amigo que se fue, José Ramón López de los Mozos: Pasa la calle, que es la Calle Real, y lo que fuera antaño la posada, con sus esquinas de piedra tallada, es hoy una tristeza derrumabada. No se escucha hoy el llanto lacrimógeno del pequeño infante de cuatro a seis meses que heredará estas miserables tierras, esta casa hundida, y se llevará por delante siglos de consejas e historias contadas al amor de la lumbre, en el «sogato». Aquello ya pasó. Yo lo siento (para mí, desgraciadamente). Hoy, lo comprendo, el mundo ha cambiado y con él nosotros, pero nadie puede quitarme de la memoria aquellos días tan felices

Eso es. El mundo ha cambiado. Pero nadie nos quitará la memoria. Una memoria que se ha detenido en un libro imprescindible.

Tomás Gismera, 1982, en las ruinas de la iglesia de Villacadima

Afectados, confinados, pero solidarios

El fallecimiento del alcalde de Cantalojas, Narciso Arranz, debido posiblemente a la afección por Coronavirus (y desgraciadamente de muchas más personas en nuestra Serranía), pone de manifiesto, cómo, también en esta ocasión, los problemas que afectan a nuestra sociedad repercuten, pero de distinta manera, en nuestro medio rural. Nos consta de las preocupaciones y esfuerzos de Narciso y de su corporación municipal para que la epidemia no llegara a su pueblo o, al menos, no se extendiera con consecuencias, imprevisibles y potencialmente graves, entre las gentes de su pueblo. Para él, para su familia, para los demás fallecidos y afectados, para sus compañeros de corporación y para toda la comarca va nuestro reconocimiento, que se suma al que se extiende por todo el país apoyando a cuantos defienden nuestra seguridad y supervivencia.

Posiblemente los ediles de nuestros pequeños pueblos se han visto en muchos casos impotentes frente a la amenaza que se les venía encima. Sus recursos son pocos, las posibilidades de controlar el confinamiento, escasas y en muchos casos imposibles de cumplir o de regular: los ancianos, sólos o con amplias limitaciones, el ganado que necesita comer y ser recogido, las medicinas o los alimentos que escasean, los familiares que no se pueden acercar al pueblo, el secretario, el médico o el cura que no hacen el servicio en estos días… Su proverbial soledad se eleva al cuadrado, no sólo afectiva sino vitalmente. (más…)

La Asociación Serranía de Guadalajara renueva sus cargos y elabora sus planes anuales.

El pasado fin de semana la Asociación Cultural de la Serranía celebro su reunión anual, en la que se renovó la Junta Directiva y se aprobaron las memorias y planes de los ejercicios correspondientes. Asimismo, se eligió la nueva Junta Directiva, presidida por Octavio Mínguez,
manifestándose el agradecimiento a Fidel Paredes que ha ejercido el cargo durante los últimos
8 años, superando tiempos difíciles de «vacas flacas» en el apoyo institucional. El resto de los cargos de la Junta recayeron en José Mª Alonso como vicepresidente, Javier Colomo como
secretario, José Miguel Llorente como tesorero y cinco vocales.

Las actividades previstas versan, entre otras, acerca del Ciclo de Primavera, la edición del Libro de los despoblados de la Serranía y la celebración del XIII Día de la Sierra. En el Ciclo de Primavera se pretende llevar la exposición fotográfica sobre Pueblos abandonados a diversos
lugares de la Sierra, colaborar en la presentación del libro La Sierra distante de Abraham Prieto
y realizar una nueva edición de la Ruta de la Jara. Este año se pretende caminar entre las
localidades de Valverde de los Arroyos y Majaelrayo en una bonita ruta de senderismo que se
llevará a cabo probablemente el día 30 de mayo. (más…)

Mainfestación 31M. #EspañaVaciada